
El paso del tiempo ha hecho que olvide los nombres de la mayoría de mis compañeros, sobre todo de los primeros años, así que en la mayoría de los casos solo nombraré a los maestros que he tenido, que no han sido muchos.
No pretendo con este escrito hacerme un homenaje, todo lo contrario, me gustaría que sirviese como homenaje y agradecimiento a todas las personas que me he encontrado en el camino en todos estos años de práctica del Karate; a mis profesores y a todos mis compañeros de entrenamiento.
Solo quiero dejar constancia, un modesto testimonio, de mi paso por este bonito deporte.
Pero dejadme que el primer agradecimiento vaya para mi mujer que, aunque ya me conoció como karateca, ha demostrado una gran paciencia aguantando horas de entrenamiento, competiciones, cursillos en fin de semana y, sobre todo, las lesiones…
También a mis hijos, que crecieron viéndome entrenar, contemplando por la casa kimonos, protecciones y armas de Kobudo. En su caso, fue casi lógico que empezaran a practicar desde muy jóvenes.
Aparte de mis hijos he tenido la satisfacción de haberles transmitido la pasión por el Karate a otros miembros de mi familia, sobrinos, uno de mis hermanos (Antonio), y a varios de mis amigos de la adolescencia y la juventud (como Ricardo, que aparece en la foto de arriba, de pie, el sexto por la izquierda). Y me siento muy orgulloso de ello.
No pretendo con este escrito hacerme un homenaje, todo lo contrario, me gustaría que sirviese como homenaje y agradecimiento a todas las personas que me he encontrado en el camino en todos estos años de práctica del Karate; a mis profesores y a todos mis compañeros de entrenamiento.
Solo quiero dejar constancia, un modesto testimonio, de mi paso por este bonito deporte.
Pero dejadme que el primer agradecimiento vaya para mi mujer que, aunque ya me conoció como karateca, ha demostrado una gran paciencia aguantando horas de entrenamiento, competiciones, cursillos en fin de semana y, sobre todo, las lesiones…
También a mis hijos, que crecieron viéndome entrenar, contemplando por la casa kimonos, protecciones y armas de Kobudo. En su caso, fue casi lógico que empezaran a practicar desde muy jóvenes.
Aparte de mis hijos he tenido la satisfacción de haberles transmitido la pasión por el Karate a otros miembros de mi familia, sobrinos, uno de mis hermanos (Antonio), y a varios de mis amigos de la adolescencia y la juventud (como Ricardo, que aparece en la foto de arriba, de pie, el sexto por la izquierda). Y me siento muy orgulloso de ello.
Me gustaría destacar aquí a mi sobrino Miguel Osorio que empezó poco después que yo y continúa entrenando todavía. Desde muy pronto destacó como un buen karateka, tanto en la técnica como en los combates. Para mí siempre fue un referente en este deporte.
Los karateguis que nos hacía mi hermana Pili a Miguel y a mi nos han acompañado gran parte de todo este tiempo.
Haré un repaso de lo que ha sido mi práctica de este deporte desde que un día, allá por 1974, visité el gimnasio Eolo, en Canillejas (Madrid), hasta hoy en el gimnasio del Club Karate Velilla, en el Polideportivo de Velilla de San Antonio (Madrid).
En el gimnasio Eolo, el profesor era José Luis Ariza, un gran karateca y uno de los pioneros del Karate madrileño. Más adelante coincidiría en otros gimnasios con él.
Algunos compañeros de aquel primer gimnasio creo que siguen practicando, aunque a la mayoría les he perdido la pista y no sé nada de ellos. Aunque estaría encantado de tener noticias suyas si leen esto o ven las fotos.
Mi primera visita al gimnasio Eolo me impactó mucho, no solo por las instalaciones sino por el entrenamiento de los karatecas. El suelo, el tatami, era de madera aglomerada de color negro, lo que producía en algunos karatecas ampollas y heridas en las plantas de los pies. Era una sala rectangular, en uno de los lados pequeños había grandes espejos y en el lateral que daba a los jardines del recinto del gimnasio, ventanas.
También me sorprendió el propio entrenamiento, nunca antes lo había visto y no sabía cómo se desarrollaba; la seriedad y disciplina de los luchadores, su aspecto (ahora nos recordarían a los protagonistas de películas como “Perros callejeros” o “El vaquilla”). Era la época de las pandillas callejeras y las peleas entre bandas de distintos barrios eran habituales. Yo estudiaba entonces Formación Profesional en la Escuela de Maestría Industrial de San Blas.
Ese ambiente de violencia y peleas en la calle es el que me hizo empezar a practicar este deporte, como defensa personal, aunque antes había hecho algo de boxeo. También hice culturismo una temporada, antes de empezar con el Karate y en ocasiones, más adelante, alternando con éste.
Lo curioso es que cuando empecé con el Karate se acabaron las peleas en la calle. Me hizo ganar en autocontrol en situaciones difíciles y confianza en mí mismo.
A pesar del ambiente exterior había buena relación entre los compañeros y recuerdo bastante seriedad y disciplina en los entrenamientos.
Después estuve una corta temporada en el gimnasio Joyfe, en Madrid, donde conocí a Pedro Rey, un buen karateca autodidacta que pocos años después le tendría como profesor en el gimnasio San Fernando.
Haré un repaso de lo que ha sido mi práctica de este deporte desde que un día, allá por 1974, visité el gimnasio Eolo, en Canillejas (Madrid), hasta hoy en el gimnasio del Club Karate Velilla, en el Polideportivo de Velilla de San Antonio (Madrid).
En el gimnasio Eolo, el profesor era José Luis Ariza, un gran karateca y uno de los pioneros del Karate madrileño. Más adelante coincidiría en otros gimnasios con él.
Algunos compañeros de aquel primer gimnasio creo que siguen practicando, aunque a la mayoría les he perdido la pista y no sé nada de ellos. Aunque estaría encantado de tener noticias suyas si leen esto o ven las fotos.
Mi primera visita al gimnasio Eolo me impactó mucho, no solo por las instalaciones sino por el entrenamiento de los karatecas. El suelo, el tatami, era de madera aglomerada de color negro, lo que producía en algunos karatecas ampollas y heridas en las plantas de los pies. Era una sala rectangular, en uno de los lados pequeños había grandes espejos y en el lateral que daba a los jardines del recinto del gimnasio, ventanas.
También me sorprendió el propio entrenamiento, nunca antes lo había visto y no sabía cómo se desarrollaba; la seriedad y disciplina de los luchadores, su aspecto (ahora nos recordarían a los protagonistas de películas como “Perros callejeros” o “El vaquilla”). Era la época de las pandillas callejeras y las peleas entre bandas de distintos barrios eran habituales. Yo estudiaba entonces Formación Profesional en la Escuela de Maestría Industrial de San Blas.
Ese ambiente de violencia y peleas en la calle es el que me hizo empezar a practicar este deporte, como defensa personal, aunque antes había hecho algo de boxeo. También hice culturismo una temporada, antes de empezar con el Karate y en ocasiones, más adelante, alternando con éste.
Lo curioso es que cuando empecé con el Karate se acabaron las peleas en la calle. Me hizo ganar en autocontrol en situaciones difíciles y confianza en mí mismo.
A pesar del ambiente exterior había buena relación entre los compañeros y recuerdo bastante seriedad y disciplina en los entrenamientos.
Después estuve una corta temporada en el gimnasio Joyfe, en Madrid, donde conocí a Pedro Rey, un buen karateca autodidacta que pocos años después le tendría como profesor en el gimnasio San Fernando.

El sensei Antonio Madrid me dio clases una temporada en el gimasio Kiai, en Coslada.


En el gimnasio San Fernando volví a entrenar bajo la dirección de José Luis Ariza. Allí empezaron a entrenar mis dos hijos, David y Sergio. Años más tarde dejaron la práctica del Karate para adentrarse en otros deportes de lucha.
Allí conocí también a José Manuel Moral, que años después sería mi profesor en este mismo gimnasio.
Cierra el gimnasio San Fernando y los compañeros se dividen y se van a diferentes centros de Madrid.
Allí conocí también a José Manuel Moral, que años después sería mi profesor en este mismo gimnasio.
Cierra el gimnasio San Fernando y los compañeros se dividen y se van a diferentes centros de Madrid.



Desde 1999 entreno en el Club Karate Velilla, de Velilla de San Antonio, bajo la dirección de José Manuel Moral.
No sé por cuánto tiempo más. Supongo que mi forma física me irá indicando cuándo lo debo dejar. Hasta entonces, seguiré…