miércoles, 13 de enero de 2010

Desde el banquillo de los acusados


JOAN MARI TORREALDAI

Miro con incertidumbre el futuro, sentado como estoy en el banquillo de los acusados, en la Audiencia Nacional. Espero que el tribunal escuche y entienda la verdad histórica de mi caso, de nuestro caso, el caso Egunkaria.

Respondiendo a la solicitud que se me ha realizado, lo cuento aquí en un idioma que no es el mío habitual, como tampoco lo es la primera persona del singular que utilizo, para referirme a unos hechos compartidos.

El tsunami inquisitorial del segundo Gobierno Aznar, con la doctrina Bush recién estrenada tras la resaca que siguió a la destrucción de las torres gemelas, me pilló con 60 años. De ellos, 40 los he dedicado a una actividad de notoria proyección pública, básicamente investigación cultural y labor editorial, con más de una docena de libros y cientos de artículos publicados, unido a una treintena de años como director de una revista cultural, de pensamiento y de ensayo, denominada Jakin (Saber, en euskera).

En ello estábamos cuando la Guardia Civil llegó a nuestras casas antes de la hora del lechero, a la 01.30 de la madrugada del 20 de febrero de 2003. En la mía rompieron a porrazos la puerta, apuntaron con armas de fuego a toda la familia, incluidos hijos menores, y me incomunicaron. Acto seguido se me mostró un papel según el cual, y por mi condición de presidente del consejo de administración del periódico diario Euskaldunon Egunkaria, resultaba acusado de “pertenencia o colaboración con banda armada”.

Así me enteré de que yo era, al parecer, de ETA. Me convirtieron en un hombre de armas, de la noche a la mañana.

A la gravedad de la acusación le acompañan los modos: la nocturnidad, el operativo policial de gran envergadura, el trato brutal, la incomunicación, las once horas de registro, las cajas de documentación que se llevan, tu nombre como tus imágenes omnipresentes en todos los medios. El implícito lenguaje simbólico habla por sí mismo sobre tu peligrosidad. “El medio es el mensaje”, efectivamente.

Pero hay más. De la noche a la mañana acabaron con mi vida de investigador y sociólogo. Se llevaron muchos documentos, muchísimos. Toda una vida profesional. Es terrible asistir al despojo de tus carpetas, al desorden de tus papeles. Los sacan de los archivadores y los apilan a su manera. Tantos años de trabajo deshechos en pocas horas.

Se lo llevaron todo. Mis papeles más íntimos y personales, los profesionales, los de terceras personas, la documentación de mi empresa editora. De todo lo que se llevaron, calculo que tan sólo un 0,1 % tendría relación con Egunkaria.Se te hunde el mundo porque sabes que a tus años ya no podrás rehacer esos archivos. Calculo que ha de ser muy parecido a una ultrajante violación.

A los años termina la instrucción, la labor del juez Del Olmo. Y constatas que no ha tenido para nada en cuenta tu versión de los hechos. Es más, le ha dado la vuelta. Por ejemplo, cuando me interroga afirmando que fue ETA quien nombró a Martxelo Otamendi director del periódico y le digo que no, que fui yo el que le propuso el cargo, la conclusión es que yo soy emisario de ETA. Increíble.

Como increíble es que, tras haber escuchado tus conversaciones telefónicas desde el 2001 e investigado tus papeles y dietarios desde los años sesenta, a pesar de no haber encontrado ni rastro de relación con ETA, sin embargo sigan acusándote. Es incluso peor. Han encontrado notas manuscritas personales críticas con ETA (incluso las han traducido), pero no las han tomado en cuenta en el sumario. No le falta razón al fiscal cuando dice que la instrucción se ha realizado contra reo.

Hay una frase del arzobispo Carranza, paisano del siglo XVI y apresado por la Inquisición, perfectamente aplicable a la instrucción del caso Egunkaria: “Todas estas cosas muestran claramente que el arzobispo de Sevilla (inquisidor general) no trataba este negocio por celo de Justicia y Religión, ni pretendía saber la verdad”.

Se nos hace difícil entender que estemos en el banquillo de los acusados por haber fundado desde la sociedad civil y dirigido el primer periódico diario en euskera, el sueño de los euskaltzales (impulsores de la lengua vasca) de las diferentes generaciones del siglo XX, un sueño muy anterior a la existencia de ETA.

En realidad, nada de lo que nos ha sucedido tiene sentido, a no ser que admitamos el principio universal de toda explicación, es decir, la preexistencia. En la doctrina cristiana que aprendimos de chavales, Dios era el principio universal preexistente. En el sumario de Egunkaria, el principio universal preexistente es ETA. A uno, que ha pasado muchos años de su vida escudriñando en trabajos universitarios, le produce sonrojo la falta de rigor de los informes de la investigación policial. La hipótesis queda suplantada por la tesis.

Mientras todo esto sucede en un lugar del planeta, no muy lejos de allí físicamente, aunque sí en otros conceptos, recibes el reconocimiento de tu gente. La casa de cultura de tu pueblo natal lleva tu nombre, las asociaciones profesionales del sector del libro premian tu trayectoria cultural, el Pen Club vasco premia tu actitud independiente, la Real Academia de la Lengua Vasca te nombra académico de número. Esto es, nadie se cree la fabulación conspirativa en la que tratan de mezclarte la investigación policial y la instrucción judicial.

Pero el peso de la injusticia es inexorable, y en un margen relativamente corto de tiempo uno pasa de investigar la historia de la persecución del euskera a ser víctima de la misma en primera persona. O, sólo en un mes, uno pasa del sillón de la Real Academia de la Lengua Vasca al banquillo de los acusados de la Audiencia Nacional.

Es así como ha sucedido.

Joan Mari Torrealdai es doctor en Ciencias Políticas y Sociología. Académico de la Lengua Vasca

Ilustración de Mikel Casal