martes, 19 de junio de 2018

Cuento de Acorán

Si para quien es eterno, el tiempo no existe, aquella mañana de agosto, Acorán decidió, por primera vez, dar cuerda a su reloj. Al hacerlo, supo que ya no había vuelta atrás y que aquellas manecillas inquietas, ya imparables, lo convertían en un hombre inmortal.

Neferet lloraba desconsolada en la orilla, y como tantos otros, invocaba siempre su nombre, para que les salvara de problemas que ÉL no llegaba a comprender. No poseía el don de sentir, pero era consciente de que en ese mundo que observaba tan ajeno existía algo que llamaban “amor”. Aquella muchacha buena y frágil, de piel de sal y espigas en el pelo, llevaba tres días de tormenta en la mirada, los mismos que azotaban el mar, los mismos que llevaba su padre subido en su barca de pesca. No sabía el porqué, pero no podía seguir viéndola llorar. Él provocó la tormenta, y Él la haría parar. Se acercó en silencia a ella y quitándole las manos de su rostro, le dijo:

-Mira quién regresa a la orilla.

Era su papá.

Neferet le abrazó con tanta verdad, que Acorán sintió por primera vez no solo el tacto de otra piel, sino el de su propia carne. Se descubrió mortal frente a unos ojos que ya no lloraban, reían, y creyó que algún órgano comenzaba a funcionar en su interior al recibir su primer beso. Iba a ser divertido aquél descubrimiento.

Tras el regreso de su padre, la vida en la pequeña isla Natribu volvió a la calma. El secreto de Acorán se mantendría a salvo en aquella comunidad de humildes pescadores, que nunca hicieron preguntas, pero le enseñaron todas las respuestas.

Ya era un hombre de mar y su piel se había tostado como granos de café. Cada tarde regresaba a casa ansioso para encontrarse con Neferet, con la que cada segundo era una aventura, con ella reía y lloraba sin parar, como un niño descubriendo la vida y el amor. No se cansaba de acariciar su piel, de besarla, de respirarla, de escucharla, de sentirla entera.

Entendió que la verdadera eternidad estaba en el poder de un “te quiero”. Hasta celebró sus primeras arrugas con un júbilo, que incluso a Neferet terminó contagiando. Las risas despertaron a los niños que dormían en la cuna. Acorán, el hombre, también era papá. La felicidad era aquello: almas que se encuentran y se aman.

Nunca se preguntó hasta cuándo, ni siquiera cuando su pelo se vistió de blanco, y en la playa ya no correteaban los hijos, sino los nietos. No, no había tiempo que perder pensando en el tiempo.

Neferet se fue en primavera, cuando su respiración ya solo le dejaba susurrar los “te quiero”. Se sonrieron hasta el último aliento, sin arrepentimiento en la mirada. En el último abrazo, sintió el mismo amor que en el primero, aquél que al primer contacto justificaba la renuncia a ser eterno. Sus párpados se cerraron en paz, como quien corre las cortinas al llegar la noche y el silencio invita al descanso.

Acorán, que poseyendo el Sol, escogió la luz verde de unos ojos de mujer, descubrió que a aquel mundo tan oscuro que veía desde las alturas, le faltaba amor. Sentado en la arena, mirando al Atlántico y con el recuerdo siempre vivo de Neferet, se preguntó cómo los hombres, teniendo el don de amar, renunciaban a éste para convertirse en dioses sin piel.

Nuria Peña.

sábado, 19 de mayo de 2018

Olvidos

Muchas noches, para conciliar el sueño, imagino pequeñas historias, poemas o haikus.

Anoche se me ocurrieron unos versos muy bonitos, quizás los más hermosos que nunca pueda escribir.

No me levanté a pasarlos al cuaderno porque estaba completamente seguro de que los iba a recordar. Los repetí una y otra vez para memorizarlos, hasta que me quedé dormido.

Esta mañana no recordaba absolutamente nada.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Hasta siempre, Juanma



Ha sido para mí un orgullo haber compartido contigo luchas y amistad, querido Juanma.

Siempre tuviste para mi palabras de ánimo en los malos momentos, una sonrisa… y abrazos, muchos abrazos.

Siempre te llevaré en mi corazón.

Hasta siempre, amigo.
Descansa en paz.

lunes, 28 de agosto de 2017

Cartas marcadas

En una casa, a veces ocurre que se avería el frigorífico y, casi a la vez, se puede estropear el pestillo de la puerta del cuarto de baño, el calefactor y el teléfono móvil. Y pocos días después, el ordenador. Como si se tratara de un maléfico efecto dominó.

Ese extraño fallo en cadena suele ocurrir en accidentes de tráfico, desastres naturales o asesinatos múltiples. Y también pasa con las enfermedades, con las epidemias. 

El destino es así de caprichoso y cruel a veces. Mucha gente piensa que eso está de antemano escrito; que las cartas están marcadas, como suele decir uno de mis hijos. 

Cuando la enfermedad se ceba con un grupo de amigos, nos gustaría anular de inmediato ese capricho del destino, pedirle que cambie de baraja, que esas cartas no nos gustan nada.

Un nudo rabioso me atenaza la garganta y, aunque me tomen por loco, al destino le grito: ¡Vale ya! ¡¿Me oyes?! ¡Ya está bien! ¡Aléjate de nosotros! ¡Fuera de aquí!

Pero enseguida entiendo que solo sirve para desahogarme, que la vida va a seguir como estaba previsto. Que lo mejor que puedo hacer es estar el máximo tiempo posible con estos buenos amigos, darles todo mi apoyo, cariño y amistad. Y que la medicina juegue una buena partida, que estoy seguro de que así va a ser.

Y a disfrutar juntos el tiempo que nos quede.

martes, 18 de julio de 2017

No queréis vernos

Solo nos veis cuando morimos de hambre.
Solo nos veis cuando morimos ahogados.
Solo nos veis cuando morimos destrozados por las bombas.
Solo nos veis cuando huimos en masa de la guerra.

Solo nos veis cuando la enfermedad nos masacra.
Solo nos veis cuando llamamos a vuestra puerta, huyendo de la miseria.
Solo nos veis cuando un desastre natural, y nuestra pobreza, nos aniquila.
Solo nos veis cuando invadís nuestro entorno para robarnos nuestros recursos naturales.

Solo nos veis cuando estamos en la puerta de las fábricas, de los tajos, exigiendo nuestros derechos.
Solo nos veis cuando, hartos, dejamos de ser invisibles a vuestros ojos.
Y es entonces cuando empezamos a ser incómodos.
Nos tapamos el rostro para que nos veáis, tras la barricada.

Y es entonces cuando empezamos a ser un problema.
Nuestros sueños serán vuestras pesadillas.

El enfado de Juan Carlos

Juan Carlos, me dicen amigos comunes que estás muy cabreado con tu hijo. Supongo que es porque no te invitó al tema éste de la celebración de los 40 años de las elecciones democráticas, después de la dictadura fascista de Franco.

Es normal, es un detalle muy feo, la verdad; con lo que tú has hecho por lavar la cara de la familia y hacer que casi nadie en España recuerde que fuiste nombrado por Franco como su sucesor, nada menos que con el título de rey, es decir, para toda la vida (aunque tú lo dejaste antes). Y no solo tú sino todos tus descendientes. Y va el chaval y te ignora y no te invita a los actos tan rimbombantes que hubo en el Congreso de los Diputados. 

Yo estaría también muy jodido, la verdad, pero ya sabes que en todas las familias hay movidas de éstas. Pero es que esto es muy serio, no es un olvido cualquiera; encima tendrás que aguantar las bromas e insinuaciones de tus amiguetes de otros reinos. 

Sinceramente te digo que esto no puede quedar así, tiene que aprender. Y no será porque no tiene asesores que le aconsejen y recuerden las cosas.

Yo que tú, le daba una lección para que no se olvidara de quién manda todavía en tu casa. A lo mejor te parece una medida excesiva y drástica, pero ahí va: Yo le desheredaría. Así, como te lo digo. Que vaya aprendiendo con quién no se puede jugar.

Y no temas ni tengas mala conciencia, porque sin trabajo no se va a quedar. Conocéis a mucha gente que le puede echar una mano, así que tranquilo por esa parte. Y por el país, tampoco tengas ningún problema, no necesitamos reyes que nos guíen, ya somos mayorcitos y nos sabemos gobernar solos.

Saludos y perdona si me meto en lo que no me importa.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Nos dejó Fidel. Hasta siempre, Comandante








Imagen tomada del libro La victoria estratégica, de Fidel Castro Ruz

Imagen tomada del libro La victoria estratégica, de Fidel Castro Ruz

Imagen tomada del libro La victoria estratégica, de Fidel Castro Ruz

Imagen tomada del libro La victoria estratégica, de Fidel Castro Ruz

Imagen tomada del libro La victoria estratégica, de Fidel Castro Ruz

Imagen tomada del libro La victoria estratégica, de Fidel Castro Ruz


 Imagen tomada del libro La victoria estratégica, de Fidel Castro Ruz
Imagen tomada del libro La victoria estratégica, de Fidel Castro Ruz



Foto: Roberto Suárez, del Periódico Juventud Rebelde

Foto: Roberto Suárez, del Periódico Juventud Rebelde

Foto: Roberto Suárez, del Periódico Juventud Rebelde

Foto: Roberto Suárez, del Periódico Juventud Rebelde

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jueves, 1 de diciembre de 2016

Marcos Ana (1920-2016)

Mi casa y mi corazón
(Sueño de libertad)

Si salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves:
siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.

Que entren la noche y el día,
y la lluvia azul, la tarde,
el rojo pan de la aurora;
La Luna, mi dulce amante.

Que la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales,
ni la golondrina el vuelo,
ni el amor sus labios. Nadie.

Mi casa y mi corazón
nunca cerrados: que pasen
los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.








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