jueves, 8 de octubre de 2020

40 años de Bibliotecas Municipales en San Fernando de Henares

El 6 de octubre de 2020, se cumplieron 40 años de la apertura al público de la Biblioteca Municipal de San Fernando de Henares. 
 
Sería imposible traer aquí las imágenes y los nombres de tantas usuarias y usuarios que han pasado por la biblioteca en todos estos años. Estas líneas pretenden ser un homenaje a todos ellos, a los que entraron por primera vez siendo niños y hoy traen a sus hijos y les explican cómo era la biblioteca cuando ellos la pisaron por primera vez y lo que ha mejorado desde entonces. A las parejitas de adolescentes que se conocieron haciendo trabajos para el instituto. También a los que solo iban a hacer gamberradas y poco a poco, o mucho más tarde, fueron entrando a algo mucho más positivo y enriquecedor. 
 
Todos, ellos y yo, hemos aprendido mucho en todos estos años. 
 
 Tengo un recuerdo muy grato de todas las compañeras y compañeros que han ido pasando por este trabajo. Les mando desde aquí un cariñoso saludo a los que todavía están y a los que lo han ido dejando, unas veces de forma voluntaria y otras obligados por las circunstancias. Y un sentido recuerdo también para Carmelo, un compañero que nos dejó para siempre y al que nunca olvidaremos.
 
La primera biblioteca pública municipal que se creó en San Fernando de Henares, se inauguró el 23 de abril de 1980, aunque se abrió al público a primeros de octubre de ese mismo año. 
 
Era un antiguo piso piloto de unos 80 m2, sin ningún tipo de separación entre lectores infantiles y adultos. Si a esto le añadimos que estaba situada en un parque público (la plaza 1º de mayo), con las ventanas al alcance de la mano de los gamberros de turno, nos podemos imaginar que el trabajo allí no era nada fácil, y los servicios que se ofrecían eran muy limitados. A pesar de estas dificultades, muy pronto se comenzaron a organizar algunas actividades de animación a la lectura y la primera feria del libro en la localidad. 
 
En 1987 la situación en este pequeño local ya era insostenible y la biblioteca se traslada a la primera planta del Centro Cultural Federico García Lorca, muy alejado de la primera ubicación de la biblioteca. En estos nuevos locales la situación cambió mucho con respecto al viejo piso piloto. Aquí contábamos con dos salas independientes para niños y adultos de unos 130 m2 cada una, archivo, despacho, almacén, etc. 
 
En 1991 se reforma totalmente el piso piloto y se abre una biblioteca infantil y juvenil, que inaugura el poeta Rafael Alberti y que da su nombre a esta nueva biblioteca. 
 
Pero la población de San Fernando de Henares seguía aumentando y se hacía necesario ampliar las instalaciones, por ello se construyeron en 2003 dos nuevas bibliotecas, más grandes, y se cerraron las dos primeras, destinándose estos locales a otros usos culturales y asociativos. 
 
De estas dos bibliotecas, una de ellas, la “Mario Benedetti” (ya desaparecida), era infantil y juvenil y estaba ubicada en un centro multifuncional del mismo nombre. 
 
La otra, es la Biblioteca Municipal “Rafael Alberti”, situada en la Plaza de España. Tiene una superficie de unos 2000 m2, distribuidos en cuatro plantas. La planta sótano cuenta con un archivo-almacén, sala de conferencias, dos salas de estudio para niños y adultos y una sala de proceso técnico para el personal de la biblioteca. En la planta de acceso tenemos un vestíbulo que sirve también como sala de exposiciones y control de la asistencia al edificio, la sala infantil-juvenil y la Bebeteca. En la primera planta se encuentra la sala de préstamo de adultos, la hemeroteca y el despacho de dirección. Por último, en la segunda planta, hay una sala de estudio con capacidad para unas 90 plazas, y la sala multimedia con ordenadores para la consulta de Internet. 
 
Ha sido un largo camino desde aquél viejo piso piloto de la plaza 1º de mayo hasta la actual ubicación de la biblioteca. Creo que ha valido la pena el trabajo y el esfuerzo empleado, los vecinos y vecinas de nuestro pueblo se merecen una biblioteca con las mejores instalaciones y equipamientos y aún debe seguir mejorando.
 
 











 

domingo, 10 de mayo de 2020

Trastornos de la pandemia


Estoy perdiendo mucho como “castellano viejo” (como diría bromeando mi hijo David); supuestamente, insensible e inmune a cualquier tipo de emociones o sensiblerías innecesarias, por lo menos a exteriorizarlas.

Esta pandemia, este virus dichoso, invisible y fugaz, está provocando en mí una incontrolable montaña rusa de emociones.

El deseo de que esta pesadilla nos cambie a todos o, por lo menos, seamos capaces de pensar y replantearnos nuestras actuaciones, con respecto al medio ambiente y a los más desfavorecidos, se tambalea cuando me doy cuenta de que hay sectores de la sociedad que nunca estarán por esa labor; para ellos, prima el interés económico a la vida de las personas. Eso me decepciona enormemente y me hace pensar que nunca deberíamos bajar la guardia.

Las lágrimas ahogan mi garganta al ver al personal sanitario darlo todo –hasta su vida– por nosotros. La hora de los aplausos es una forma simbólica de agradecerles el gran trabajo que realizan y cómo se sacrifican por los demás.

Pero siento que este agradecimiento público es poca cosa. Esos aplausos se deberían prolongar mucho más allá del fin de la pandemia, quizás en forma de reconocimiento y reivindicación de unas mejores condiciones laborales para estos profesionales. Y tener presente que debemos apoyar una Sanidad Pública y de calidad, sin recortes ni privatizaciones. Nos va la vida en ello.

El aplauso de las ocho lo vivo también como una forma de darnos fuerza y ánimos entre los vecinos. Nos cruzamos algunas sonrisas cómplices y un saludo de despedida hasta el día siguiente.

Cualquier iniciativa solidaria me emociona. Definitivamente, este ataque viral me está cambiando. Vete a saber si será para siempre o se queda en un trastorno pasajero.

Si no acaba pronto todo esto, mi reputación de “castellano viejo” acabará por los suelos sin remedio. Y lo que es más probable, si sigo así, voy a necesitar “ayuda profesional” para volver a ser como era.

O quizás no, y sigo con esta sensibilidad y emoción a flor de piel.



martes, 9 de octubre de 2018

38 años de Bibliotecas Municipales en San Fernando de Henares

El 6 de octubre de 1980, abría al público la primera biblioteca municipal de San Fernando de Henares, situada en el antiguo piso piloto del barrio de Fuencasa, en la plaza 1º de mayo.

38 años después y varios cambios de sede, estamos en la calle Libertad, 1. Con la misma ilusión y ganas del primer día.

Muchas gracias a todas/os por acompañarnos en este bonito camino.




Éste es el primer fichero que tuvimos en la Biblioteca, donde se podía consultar el catálogo por medio de fichas de papel, ordenadas por autor, título, materias, CDU, serie... Aún no habían llegado los ordenadores.

Afortunadamente lo seguimos conservando, para que las nuevas generaciones de lectoras/es conozcan la evolución de nuestra biblioteca.




Consulta del catálogo de la Red de Bibliotecas de la Comunidad de Madrid.
www.madrid.org/biblio_publicas

martes, 19 de junio de 2018

Cuento de Acorán

Si para quien es eterno, el tiempo no existe, aquella mañana de agosto, Acorán decidió, por primera vez, dar cuerda a su reloj. Al hacerlo, supo que ya no había vuelta atrás y que aquellas manecillas inquietas, ya imparables, lo convertían en un hombre inmortal.

Neferet lloraba desconsolada en la orilla, y como tantos otros, invocaba siempre su nombre, para que les salvara de problemas que ÉL no llegaba a comprender. No poseía el don de sentir, pero era consciente de que en ese mundo que observaba tan ajeno existía algo que llamaban “amor”. Aquella muchacha buena y frágil, de piel de sal y espigas en el pelo, llevaba tres días de tormenta en la mirada, los mismos que azotaban el mar, los mismos que llevaba su padre subido en su barca de pesca. No sabía el porqué, pero no podía seguir viéndola llorar. Él provocó la tormenta, y Él la haría parar. Se acercó en silencia a ella y quitándole las manos de su rostro, le dijo:

-Mira quién regresa a la orilla.

Era su papá.

Neferet le abrazó con tanta verdad, que Acorán sintió por primera vez no solo el tacto de otra piel, sino el de su propia carne. Se descubrió mortal frente a unos ojos que ya no lloraban, reían, y creyó que algún órgano comenzaba a funcionar en su interior al recibir su primer beso. Iba a ser divertido aquél descubrimiento.

Tras el regreso de su padre, la vida en la pequeña isla Natribu volvió a la calma. El secreto de Acorán se mantendría a salvo en aquella comunidad de humildes pescadores, que nunca hicieron preguntas, pero le enseñaron todas las respuestas.

Ya era un hombre de mar y su piel se había tostado como granos de café. Cada tarde regresaba a casa ansioso para encontrarse con Neferet, con la que cada segundo era una aventura, con ella reía y lloraba sin parar, como un niño descubriendo la vida y el amor. No se cansaba de acariciar su piel, de besarla, de respirarla, de escucharla, de sentirla entera.

Entendió que la verdadera eternidad estaba en el poder de un “te quiero”. Hasta celebró sus primeras arrugas con un júbilo, que incluso a Neferet terminó contagiando. Las risas despertaron a los niños que dormían en la cuna. Acorán, el hombre, también era papá. La felicidad era aquello: almas que se encuentran y se aman.

Nunca se preguntó hasta cuándo, ni siquiera cuando su pelo se vistió de blanco, y en la playa ya no correteaban los hijos, sino los nietos. No, no había tiempo que perder pensando en el tiempo.

Neferet se fue en primavera, cuando su respiración ya solo le dejaba susurrar los “te quiero”. Se sonrieron hasta el último aliento, sin arrepentimiento en la mirada. En el último abrazo, sintió el mismo amor que en el primero, aquél que al primer contacto justificaba la renuncia a ser eterno. Sus párpados se cerraron en paz, como quien corre las cortinas al llegar la noche y el silencio invita al descanso.

Acorán, que poseyendo el Sol, escogió la luz verde de unos ojos de mujer, descubrió que a aquel mundo tan oscuro que veía desde las alturas, le faltaba amor. Sentado en la arena, mirando al Atlántico y con el recuerdo siempre vivo de Neferet, se preguntó cómo los hombres, teniendo el don de amar, renunciaban a éste para convertirse en dioses sin piel.

Nuria Peña.

sábado, 19 de mayo de 2018

Olvidos

Muchas noches, para conciliar el sueño, imagino pequeñas historias, poemas o haikus.

Anoche se me ocurrieron unos versos muy bonitos, quizás los más hermosos que nunca pueda escribir.

No me levanté a pasarlos al cuaderno porque estaba completamente seguro de que los iba a recordar. Los repetí una y otra vez para memorizarlos, hasta que me quedé dormido.

Esta mañana no recordaba absolutamente nada.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Hasta siempre, Juanma



Ha sido para mí un orgullo haber compartido contigo luchas y amistad, querido Juanma.

Siempre tuviste para mi palabras de ánimo en los malos momentos, una sonrisa… y abrazos, muchos abrazos.

Siempre te llevaré en mi corazón.

Hasta siempre, amigo.
Descansa en paz.

lunes, 28 de agosto de 2017

Cartas marcadas

En una casa, a veces ocurre que se avería el frigorífico y, casi a la vez, se puede estropear el pestillo de la puerta del cuarto de baño, el calefactor y el teléfono móvil. Y pocos días después, el ordenador. Como si se tratara de un maléfico efecto dominó.

Ese extraño fallo en cadena suele ocurrir en accidentes de tráfico, desastres naturales o asesinatos múltiples. Y también pasa con las enfermedades, con las epidemias. 

El destino es así de caprichoso y cruel a veces. Mucha gente piensa que eso está de antemano escrito; que las cartas están marcadas, como suele decir uno de mis hijos. 

Cuando la enfermedad se ceba con un grupo de amigos, nos gustaría anular de inmediato ese capricho del destino, pedirle que cambie de baraja, que esas cartas no nos gustan nada.

Un nudo rabioso me atenaza la garganta y, aunque me tomen por loco, al destino le grito: ¡Vale ya! ¡¿Me oyes?! ¡Ya está bien! ¡Aléjate de nosotros! ¡Fuera de aquí!

Pero enseguida entiendo que solo sirve para desahogarme, que la vida va a seguir como estaba previsto. Que lo mejor que puedo hacer es estar el máximo tiempo posible con estos buenos amigos, darles todo mi apoyo, cariño y amistad. Y que la medicina juegue una buena partida, que estoy seguro de que así va a ser.

Y a disfrutar juntos el tiempo que nos quede.