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viernes, 24 de diciembre de 2021

Siempre en nuestro recuerdo, querida hermana

Hoy hace un mes que nos dejaste por este maldito virus del Covid. Un mes sin ti, pero siempre estarás con nosotros.

Hay muchas palabras que te pueden definir, entre ellas: Generosidad, abnegación, trabajo, discreción, hospitalidad, cariño, acogida... Pero seguro que hay muchas otras, todas buenas, que podrían dedicarte las personas que han tenido la suerte de compartir alguna vivencia contigo. 

Cumpliste para toda la familia, con creces, con tu papel de hermana, de madre, de abuela o bisabuela. Fuiste como una madre para los hermanos pequeños, al menos yo así lo sentía -y te lo dije en alguna ocasión- (tú te reías, por cierto). También te dije que te quería, cuando fui a verte hace pocos meses. 
Siempre estabas pendiente de todos, la primera en llamar para ver cómo estábamos. Tu casa siempre fue lugar de acogida, de referencia. Nunca estuviste sola, siempre había algún hijo o alguna nieta contigo, cuidándote, devolviéndote el amor que les habías dado. 

Fuiste una mujer valiente (junto a Pablo, tu marido -que también nos dejó hace unos años-), la primera de la familia en abandonar la vida tan sacrificada del campo y venir a Madrid buscando una vida mejor. Después, pasados los años, llegaríamos los demás hermanos y nuestros padres. Y siempre pasando por tu casa, dándote trabajo.

Nunca te olvidaremos, ha sido un privilegio tenerte en nuestras vidas. Siempre estarás en nuestro corazón y en nuestro recuerdo, hermanita.





domingo, 10 de mayo de 2020

Trastornos de la pandemia


Estoy perdiendo mucho como “castellano viejo” (como diría bromeando mi hijo David); supuestamente, insensible e inmune a cualquier tipo de emociones o sensiblerías innecesarias, por lo menos a exteriorizarlas.

Esta pandemia, este virus dichoso, invisible y fugaz, está provocando en mí una incontrolable montaña rusa de emociones.

El deseo de que esta pesadilla nos cambie a todos o, por lo menos, seamos capaces de pensar y replantearnos nuestras actuaciones, con respecto al medio ambiente y a los más desfavorecidos, se tambalea cuando me doy cuenta de que hay sectores de la sociedad que nunca estarán por esa labor; para ellos, prima el interés económico a la vida de las personas. Eso me decepciona enormemente y me hace pensar que nunca deberíamos bajar la guardia.

Las lágrimas ahogan mi garganta al ver al personal sanitario darlo todo –hasta su vida– por nosotros. La hora de los aplausos es una forma simbólica de agradecerles el gran trabajo que realizan y cómo se sacrifican por los demás.

Pero siento que este agradecimiento público es poca cosa. Esos aplausos se deberían prolongar mucho más allá del fin de la pandemia, quizás en forma de reconocimiento y reivindicación de unas mejores condiciones laborales para estos profesionales. Y tener presente que debemos apoyar una Sanidad Pública y de calidad, sin recortes ni privatizaciones. Nos va la vida en ello.

El aplauso de las ocho lo vivo también como una forma de darnos fuerza y ánimos entre los vecinos. Nos cruzamos algunas sonrisas cómplices y un saludo de despedida hasta el día siguiente.

Cualquier iniciativa solidaria me emociona. Definitivamente, este ataque viral me está cambiando. Vete a saber si será para siempre o se queda en un trastorno pasajero.

Si no acaba pronto todo esto, mi reputación de “castellano viejo” acabará por los suelos sin remedio. Y lo que es más probable, si sigo así, voy a necesitar “ayuda profesional” para volver a ser como era.

O quizás no, y sigo con esta sensibilidad y emoción a flor de piel.